Me entregué a la jauría con los brazos abiertos, con el pecho descubierto, los ojos cerrados y el culo apretado. Quería mantener mi dignidad antes de morir. El clac clac de los tacones chocando contra el cemento era la muerte que se acercaba.
Y un motor rugió.
Un Fiat 600 rojo de vidrios polarizados se interpone entre mi persona y la sanguinaria masa travesti, convertida ahora en gritos de guerra escondidos detrás de un escarabajo motorizado.
La puerta se abre y una espesa niebla sirve de felpudo a una oscura entrada. No sabía quien o qué me esperaba dentro del auto, pero sí sabia quienes o qué era lo que me esperaba del otro lado. No lo pensé. Me tiré adentro del fitito. Tuve que forcejear un poco para poder entrar del todo. Alguien cerró la puerta, los neumáticos quemaron el asfalto, y el sonido de los tacos se perdía en la lejanía.
“Ya me podés soltar” dijo el asiento del que me había agarrado con fuerza.
“Y también podés cerrar la boca” dijo el mismo asiento el cual estaba cubriendo en saliva.
El asiento resultó ser el conductor, un pibe de unos 18 años, digamos 1,80 de altura, rapado, con un brazo completamente tatuado y vestido con ropa de guerrilla. Inspiraba confianza.
Yo: ¿Quién sos y a donde vamos?
Conductor: Soy Gus, y vamos al Refugio.
Yo: ¡Buenísimo!
No tenía la menor idea de lo que pasaba, no sabía que era el Refugio y si Gus alguna vez pensó en usar un parche, pero la situación me excitaba. Decidí guardar silencio, mantener vivo el misterio era lo que me motivaba a quedarme dentro de ese auto. Además Gus no parecía ser del tipo conversador.
Gus: ¿Che, cómo terminaste en esa situación?
Yo: Shh, ¿te molesta? Estoy tratando de disfrutar el momento, Gus.
Gus: Perdón, yo solo quer…
Yo: Gus. Shh.
Luego de unos 20 minutos de viaje, paramos en una plaza, frente a una catedral.
Yo: Che, pará, yo conozco este lugar. Estamos en San Justo.
Gus no contestó. Apagó el motor. Salió y se dirigió al interior de la iglesia. Antes de entrar con él, dí una mirada alrededor. Una ciudad muerta. Cielo negro. La cabeza de Ronald McDonald estaba clavada en una estaca. Este lugar alguna vez supo estar llena de pendejos ruidosos, de parejas en busca de otras parejas, de hippies, de artesanos, de hippies artesanos, y con un viejo y su pony o mula o llama o algo parecido.
¿Que pasó? La respuesta se encontraba dentro de la catedral
El Refugio era, en efecto, un refugio. Hombres, mujeres y niños se encontraban dentro, cocinando, charlando, durmiendo, comiendo. La humanidad era ruidosa. Seguí a Gus en linea recta desde la entrada principal Los asientos fueron usados como camas. Hileras de sabanas y cabezas cubriendo hileras de madera. Gus se detuvo frente a uno de los bancos y me presentó a un treintañero fornido, canoso, alto y de nariz aguileña, y a su, asumo, hija, de unos 15 pirulos. El tipo me tendió su mano. La acepté.
Treintañero: Bienvenido, extraño. Soy Marcos. El líder de este lugar. Y ella es Susana, mi hija.
Yo: Mucho gusto. Yo soy…
Susana: ¡El gordo hijo de puta!
Yo: ¿Qué? No soy gordo, Susanita. Solo soy demasiado petiso para mis músculos.
Susana: Mentira, sos un gordo horrible... y también la causa de esta catástrofe.
Y la vida dentro del Refugio calló.